jueves, 29 de enero de 2026

Verano caliente en el Palacio



Si bien blancos y colorados dicen que no hay una voluntad tácita de convocar ministros y que todo responde a “la coyuntura”, hay tufillo a coordinación previa. Sin pruebas, pero sin dudas.

Enero suele ser un mes bastante frío para las instituciones. Al menos eso dicen los manuales no escritos de la política uruguaya, esos que se invocan cuando conviene y se olvidan cuando estorban. Alguien, evidentemente, se olvidó de avisarle al gobierno. Mientras el Ejecutivo parecía dispuesto a atravesar el verano con el Parlamento en piloto automático y aire acondicionado, la oposición decidió que enero era un mes ideal para hacer ejercicio. No aeróbico. Ejercicio de citaciones.

Así, la Comisión Permanente dejó de ser ese limbo administrativo que existe sólo para cumplir con la Constitución y se transformó, casi sin anestesia, en una pasarela ministerial. No hay pool ni refresco, pero hay ministros explicando cosas que, claramente, hubieran preferido explicar cuando la memoria colectiva estuviera un poco más distraída.

Blancos y colorados juran que no hay estrategia, que nadie coordinó nada y que todo es producto de la “coyuntura”. Una coyuntura, dicho sea de paso, bastante prolija: con agenda, con orden del día y con una sincronización que haría sospechar hasta al más ingenuo. Pero no es coordinación, aclaran con énfasis. Es coincidencia política espontánea. Como cuando todos llegan tarde juntos, pero por razones estrictamente personales y absolutamente inevitables.

Un senador colorado, sin mayor esfuerzo por disimular el entusiasmo, celebró que la coalición “está actuando como coalición”. Al parecer, enero logró lo que meses de convivencia política no habían conseguido: unir a la oposición con convicción y buen ánimo, mientras del otro lado se acumulan gestos de fastidio, comunicados incómodos y llamados a la moderación institucional… siempre dirigidos al otro.

Los ministros, meanwhile, desfilan. Ambiente, Economía, Salud Pública, Ganadería, Educación… y los que sigan. El mensaje es bastante simple: si el gobierno insiste en que todo está bajo control, va a tener que demostrarlo. Varias veces. En público. Y con micrófono prendido. Y si no hay votos para una comparecencia amable, siempre queda la interpelación, que es el equivalente parlamentario a decir: “dejémonos de eufemismos”.

El Ejecutivo reaccionó como suele hacerlo cuando lo sacan de la zona de confort: habló de excesos, de aprovechamiento político y de que existen “otras instancias” para dialogar. Instancias vaporosas, etéreas, que nunca aparecen cuando hay preguntas concretas sobre la mesa. Porque el diálogo, en versión oficial, parece funcionar mucho mejor cuando no incomoda, no exige y no queda registrado en actas.

Desde el oficialismo hubo enojo. Se habló incluso de falta de gentileza parlamentaria, como si el control político fuera una descortesía y no una obligación constitucional. Como si la democracia fuera una reunión social donde lo importante es no incomodar al anfitrión, aunque la casa se esté lloviendo. La oposición, en cambio, fue bastante más clara: si no hay voluntad de conversar, habrá voluntad de interpelar. Y punto.

Mientras tanto, el gobierno acumula frentes abiertos: agua, educación, política exterior, Mercosur, China, Venezuela, visas, cajas, tarifas. Todo explicado con tono calmo, técnico y responsable, pero cada vez con mayor frecuencia. Como si gobernar se hubiera transformado en una larga conferencia de prensa donde el objetivo no es resolver los problemas, sino justificar por qué todavía no se resolvieron.

Al final, tal vez el problema no sea que la oposición haya decidido calentar el verano, sino que el gobierno se haya acostumbrado tanto a gobernar sin preguntas que ahora confunde el control parlamentario con mala educación. O, peor aún, que haya internalizado la peligrosa idea de que rendir cuentas es una molestia circunstancial y no una obligación permanente.

Y cuando un Ejecutivo se irrita más por tener que explicar que por aquello que tiene que explicar, el problema no es la temperatura. Es la concepción del poder.

Por suerte, siempre queda la opción de culpar al clima.

Hasta la próxima si es que hay...

@dannyvile


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