jueves, 29 de enero de 2026

De Cordón a Ciudad Vieja, marchen todos en fila

 


Durante años se nos explicó, con tono doctoral y ceja levantada, que vivir en la calle no era una tragedia social sino un derecho. O tal vez «también un derecho». Un derecho casi identitario. Un modo de vida alternativo que debíamos respetar, comprender y, sobre todo, no perturbar. Molestar al que dormía en la vereda era poco menos que un atentado contra las libertades públicas.

Pasaron los años, cambiaron los cargos, y al parecer también cambiaron los derechos.

Desde este jueves, el Ministerio del Interior decidió que de Cordón a Ciudad Vieja —es decir, donde los cruceristas ven la pobreza desde la ventana del bar— la cosa ya no va más. Se aplica la ley de faltas, se levanta campamento y se traslada gente en situación de calle rumbo a Casavalle, convenientemente lejos del circuito turístico, gastronómico y electoral. Todo muy humano, todo muy sensible, todo muy “en coordinación con el Mides”.

El operativo es digno de una superproducción nacional: ómnibus, custodia, camión de residuos, técnicos, policía, Republicana y Bomberos. Falta Netflix y estamos. El mensaje es claro: la calle es un derecho… salvo cuando molesta. Y molesta, sobre todo, cuando los vecinos y comerciantes empiezan a levantar la voz y a amenazar con votar distinto.

Las autoridades explican que no se trata de castigar, sino de asistir. Que nadie se confunda. Esto no es represión, es contención con ruedas. Si alguien se resiste, bueno… la asistencia podrá ser compulsiva, porque así lo habilita la ley de faltas. Una ley que durante años fue poco menos que fascismo encubierto, pero que hoy, curiosamente, se volvió una herramienta solidaria.

El ministro del Interior habló de “hacer visible la preocupación” por la gente en calle. Visible, sobre todo, para quienes ya estaban bastante cansados de verla, porque la empatía tiene un límite geográfico bastante claro: llega hasta donde empieza la vereda del negocio propio.

Desde el Mides, mientras tanto, se reconoce que el problema es complejo, transversal, multicausal y difícil de medir. Que hay violencia, cárcel y/o trayectorias rotas. Todo cierto. También se reconoce que sigue habiendo mucha gente en la calle, lo que no deja de ser un dato llamativo para quienes hace pocos años explicaba que eso, justamente eso, era una opción válida.

Ahora se habla de nuevas herramientas, de refugios con más privacidad, de procesos de egreso, de continuidad. Todo muy serio, muy técnico… y muy parecido a lo que se decía antes… con la salvedad de que ahora el que no acepta la ayuda puede terminar aceptándola igual.

Los vecinos, por su parte, celebran. Entienden que el reclamo “influye en la seguridad pública”. Y seguramente influyó también en la agenda del gobierno, que descubrió de golpe que la calle no es tan romántica cuando empieza a tener costo político.

Así, lo que durante años fue un derecho incuestionable, hoy es una falta. Lo que era diversidad de modos de vida, hoy es campamento a levantar. Y lo que antes era sensibilidad social, hoy es operativo metódico, diario y sin fecha de finalización.

No es que el gobierno haya cambiado de opinión.

Es que hay derechos que duran lo mismo que la paciencia de los votantes. Y cuando un derecho empieza a viajar en ómnibus policial rumbo a Casavalle, conviene preguntarse si alguna vez fue un derecho… o si siempre fue un eslogan mal estacionado.

Hasta la próxima, si es que hay...

@dannyvile

**Publicado originalmente en Conrtaviento.uy, 24/01/2026

Entre lo que se prometió y lo que se recauda



(Como quien recuerda algo que creyó haber entendido)

A veces uno recuerda la campaña como se recuerdan los sueños. No con exactitud, sino con una sensación general. En ese recuerdo, el mensaje era simple y tranquilizador: no iba a haber aumento de impuestos. Ninguno. Cero. Nada. Dicho así, sin vueltas, como si no hiciera falta aclarar nada más.

No sé si lo escuché una sola vez o varias. En el recuerdo estaba el hoy Presidente, hablando con calma, repitiéndolo con convicción, usando ese tono sereno que suele dar confianza. Sonaba firme. Sonaba importante. En ese momento, al menos, sonaba a compromiso.

Después el recuerdo sigue. Pasa la campaña. Pasa la elección. Y en algún punto, sin un corte claro, empieza otra cosa.

Ahora hay más recaudación. No porque se hayan aumentado los impuestos —eso se aclara siempre— sino porque se corrigieron cosas. Parámetros. Variables. Diseños. El IRPF sube a través de la BPC. Fonasa devuelve menos para corregir errores, y lo dice bastante suelto de cuerpo quien diseñó el sistema, o las tarifas no aumentan: se actualizan. No se cobra más: se ordena.

Mientras pasa, todo parece tener lógica. Como suele pasar en los sueños: nada sorprende del todo mientras ocurre.

El resultado, sin embargo, es bastante claro, aunque el camino haya sido otro.

En otro tramo del recuerdo aparece la herencia, esa maldita. Y el contexto internacional o la coyuntura difícil. Todo eso dicho con naturalidad, casi como una explicación obvia, y que nunca le hubiera pasado a otro. Y puede que así sea. Lo raro es que muchas de esas cosas ya estaban ahí cuando se prometió lo contrario con tanta claridad y se hace lo que se juró recontra juró que no se iba a hacer. Pero en el momento, en los sueños eso no hace ruido.

Cuando la contradicción empieza a sentirse, aparece alguien explicando. No para negar lo que se dijo, sino para aclarar que quizás lo entendimos de forma demasiado literal. Es una explicación prolija, bien armada, que llega después y ayuda a que lo que está pasando parezca inevitable.

Después aparecieron las empresas públicas.

No como villanas, más bien como herramientas. No cobran impuestos, cobran tarifas. Que suben, que cambian metodologías, que incorporan factores de ajuste. En el recuerdo todo eso suena técnico, razonable, casi neutro.

A veces se paga más por la DGI.
A veces como impuesto.
A veces como tarifa.
A veces por la factura del servicio.

En el recuerdo, esa diferencia parece importante. Al mirarla con un poco más de distancia, ya despierto, no tanto.

Durante años se había dicho que usar tarifas para recaudar era una mala práctica. Ahora se dice que es una necesidad. Cambian las palabras, no el gesto. Las empresas públicas siguen ahí, disponibles, silenciosas, resolviendo… y recaudando.

La oposición habla de ajuste fiscal. Dice cosas. Tiene argumentos. Pero eso no es lo que más queda dando vueltas.

Lo que me queda es la sensación de que una promesa se fue moviendo sin que nadie dijera claramente que había cambiado. No hubo una rectificación frontal. No hubo una explicación política directa. Hubo explicaciones técnicas, una atrás de la otra, todas razonables, todas posteriores.

En el recuerdo, el Presidente dice que no iba a aumentar impuestos.

Después alguien explica que eso no significaba exactamente eso.

Y uno asiente, como suele pasar en los sueños, incluso cuando algo no termina de cerrar.

Hasta que aparece el objeto. Se materializa, perdiendo esa inmaterialidad tan característica y propia de los sueños.

La factura de la luz, arriba de la mesa.

No habla.
No explica.
No recuerda nada.
Muestra un monto.

Vence el viernes.

Y la billetera está vacía.

Ahí es cuando uno se despierta.

Hasta la próxima, si es que hay…

@dannyvile

**Publicado originalmente en Contraviento.uy, 30/01/2026

PARE, pero no tanto



Un accidente, varias infracciones y una explicación ordenada. Sobre cómo las normas siguen vigentes, siempre que no se tomen demasiado en serio.

Siempre creí que el cartel de PARE era de las pocas cosas claras que nos quedaban.

No opina. No interpreta. No contextualiza.

Está ahí, rojo, visible, y dice PARE.

Uno frena y listo.

O al menos eso pensaba.

Hasta ahora.

Un ministro tuvo un accidente de tránsito. Atropelló a un motociclista en una esquina con cartel de PARE. Después explicó que el PARE no lo ignoró del todo. Que había bajado la velocidad. No llegó a parar, pero aflojó. Un poco. Cuánto, no se sabe. El video no ayuda demasiado, salvo para confirmar que el auto siguió avanzando con bastante convicción. Pero bueno, la intención estaba.

El ministro, además, tenía la libreta vencida. Un detalle. De esos que pasan. A cualquiera se le puede vencer la libreta si anda en cosas importantes. Gobernar, por ejemplo. O asegurarse de que los demás cumplan las normas.

El motociclista venía rápido. Esto se aclaró enseguida, como corresponde. Y no tenía libreta. Mejor todavía. Porque así la cosa queda más pareja. Nadie quiere un atropellado demasiado prolijo. Complica el relato.

La investigación la hace Fiscalía. Tranquiliza. Más si uno recuerda que el ministro es exfiscal. Conoce el rigor del oficio, la importancia de la objetividad, esas cosas. Conoce también el edificio, los pasillos y, probablemente, a varios de los que trabajan ahí. Pero eso no tiene nada que ver.

De todo esto se desprenden algunas conclusiones útiles. El PARE es obligatorio, pero no tanto como parecía. Pasarlo puede ser una infracción, salvo que uno haya tenido ganas de respetarlo. Tener la libreta vencida está mal, aunque no igual de mal para todo el mundo. Y ser atropellado sin libreta te convierte, además de en víctima, en un elemento funcional.

Al final, el sistema funciona. Todos incumplieron algo, nadie queda completamente mal parado y eso deja una sensación razonable de equilibrio. Fiscalía investigará, el ministro colaborará y el motociclista ya quedó suficientemente observado como para que no falte balance.

El cartel de PARE sigue en su lugar.

No habló, no explicó nada y no tuvo oportunidad de aclarar que decía exactamente lo que decía.

No interpretó contextos ni entendió jerarquías.

Capaz que ese fue el problema.

Hasta la próxima, si es que hay…

@dannyvile

** Publicado originalmente en Contraviento.uy, 27/01/2026

Verano caliente en el Palacio



Si bien blancos y colorados dicen que no hay una voluntad tácita de convocar ministros y que todo responde a “la coyuntura”, hay tufillo a coordinación previa. Sin pruebas, pero sin dudas.

Enero suele ser un mes bastante frío para las instituciones. Al menos eso dicen los manuales no escritos de la política uruguaya, esos que se invocan cuando conviene y se olvidan cuando estorban. Alguien, evidentemente, se olvidó de avisarle al gobierno. Mientras el Ejecutivo parecía dispuesto a atravesar el verano con el Parlamento en piloto automático y aire acondicionado, la oposición decidió que enero era un mes ideal para hacer ejercicio. No aeróbico. Ejercicio de citaciones.

Así, la Comisión Permanente dejó de ser ese limbo administrativo que existe sólo para cumplir con la Constitución y se transformó, casi sin anestesia, en una pasarela ministerial. No hay pool ni refresco, pero hay ministros explicando cosas que, claramente, hubieran preferido explicar cuando la memoria colectiva estuviera un poco más distraída.

Blancos y colorados juran que no hay estrategia, que nadie coordinó nada y que todo es producto de la “coyuntura”. Una coyuntura, dicho sea de paso, bastante prolija: con agenda, con orden del día y con una sincronización que haría sospechar hasta al más ingenuo. Pero no es coordinación, aclaran con énfasis. Es coincidencia política espontánea. Como cuando todos llegan tarde juntos, pero por razones estrictamente personales y absolutamente inevitables.

Un senador colorado, sin mayor esfuerzo por disimular el entusiasmo, celebró que la coalición “está actuando como coalición”. Al parecer, enero logró lo que meses de convivencia política no habían conseguido: unir a la oposición con convicción y buen ánimo, mientras del otro lado se acumulan gestos de fastidio, comunicados incómodos y llamados a la moderación institucional… siempre dirigidos al otro.

Los ministros, meanwhile, desfilan. Ambiente, Economía, Salud Pública, Ganadería, Educación… y los que sigan. El mensaje es bastante simple: si el gobierno insiste en que todo está bajo control, va a tener que demostrarlo. Varias veces. En público. Y con micrófono prendido. Y si no hay votos para una comparecencia amable, siempre queda la interpelación, que es el equivalente parlamentario a decir: “dejémonos de eufemismos”.

El Ejecutivo reaccionó como suele hacerlo cuando lo sacan de la zona de confort: habló de excesos, de aprovechamiento político y de que existen “otras instancias” para dialogar. Instancias vaporosas, etéreas, que nunca aparecen cuando hay preguntas concretas sobre la mesa. Porque el diálogo, en versión oficial, parece funcionar mucho mejor cuando no incomoda, no exige y no queda registrado en actas.

Desde el oficialismo hubo enojo. Se habló incluso de falta de gentileza parlamentaria, como si el control político fuera una descortesía y no una obligación constitucional. Como si la democracia fuera una reunión social donde lo importante es no incomodar al anfitrión, aunque la casa se esté lloviendo. La oposición, en cambio, fue bastante más clara: si no hay voluntad de conversar, habrá voluntad de interpelar. Y punto.

Mientras tanto, el gobierno acumula frentes abiertos: agua, educación, política exterior, Mercosur, China, Venezuela, visas, cajas, tarifas. Todo explicado con tono calmo, técnico y responsable, pero cada vez con mayor frecuencia. Como si gobernar se hubiera transformado en una larga conferencia de prensa donde el objetivo no es resolver los problemas, sino justificar por qué todavía no se resolvieron.

Al final, tal vez el problema no sea que la oposición haya decidido calentar el verano, sino que el gobierno se haya acostumbrado tanto a gobernar sin preguntas que ahora confunde el control parlamentario con mala educación. O, peor aún, que haya internalizado la peligrosa idea de que rendir cuentas es una molestia circunstancial y no una obligación permanente.

Y cuando un Ejecutivo se irrita más por tener que explicar que por aquello que tiene que explicar, el problema no es la temperatura. Es la concepción del poder.

Por suerte, siempre queda la opción de culpar al clima.

Hasta la próxima si es que hay...

@dannyvile


El gobierno “acomodó” el IRPF y pidió tranquilidad (sobre todo ajena)

 El gobierno anunció cambios en las franjas del IRPF y el IASS y, fiel a su estilo, aclaró que no se trata de un ajuste. Es una corrección técnica, una actualización necesaria, algo que corresponde. En otras palabras: no te sacan plata, te la reubican. Lástima que siempre sea lejos de vos.

La explicación oficial llegó envuelta en números, gráficos y un tono calmo, de esos que solo puede sostener alguien que no vive pendiente del recibo de sueldo. Según el Ejecutivo, el impacto es mínimo. Tan mínimo que solo se nota cuando cobrás. Un detalle menor, aparentemente.

La oposición habló de mazazo y exageró, como suele hacer. Pero esta vez el gobierno no ayudó mucho a desmentirla. Porque cuando te dicen que el esfuerzo es chico, uno ya aprendió que el esfuerzo nunca es compartido: se distribuye de arriba hacia abajo, con una prolijidad admirable.

Lo más interesante es la constancia del discurso oficial. Siempre es inevitable, siempre es responsable y siempre llega en el momento justo: cuando la gente ya viene afinando la calculadora y estirando el sueldo como si fuera masa de pizza. Pero no hay que preocuparse, aclaran, porque esto no afecta la vida cotidiana. Una afirmación valiente, hecha desde escritorios donde la vida cotidiana queda bastante lejos.

Desde el gobierno insisten en que no hay motivo para alarmarse. Que el impacto es acotado. Que hay que mirar el contexto. Y que, en definitiva, todo esto se hace para cuidar al país. Lo cual está muy bien. El problema es que, cada vez que hay que cuidarlo, el país se cuida usando siempre los mismos bolsillos.

Así, el uruguayo promedio escucha, suspira, hace un comentario ácido y sigue. Porque ya sabe que protestar mucho no cambia nada, y porque también sabe que el gobierno siempre encuentra una forma elegante de explicarte por qué ahora tenés menos… y por qué deberías agradecer que sea por una buena causa.

Al final, la verdadera actualización no fue la del IRPF, sino la de una vieja costumbre: cuando hay que ajustar, se ajusta abajo; cuando hay que explicar, se explica arriba; y cuando algo no cierra, siempre es el ciudadano el que tiene que entender.

Hasta la próxima, si es que hay...

@dannyvile