jueves, 29 de enero de 2026

De Cordón a Ciudad Vieja, marchen todos en fila

 


Durante años se nos explicó, con tono doctoral y ceja levantada, que vivir en la calle no era una tragedia social sino un derecho. O tal vez «también un derecho». Un derecho casi identitario. Un modo de vida alternativo que debíamos respetar, comprender y, sobre todo, no perturbar. Molestar al que dormía en la vereda era poco menos que un atentado contra las libertades públicas.

Pasaron los años, cambiaron los cargos, y al parecer también cambiaron los derechos.

Desde este jueves, el Ministerio del Interior decidió que de Cordón a Ciudad Vieja —es decir, donde los cruceristas ven la pobreza desde la ventana del bar— la cosa ya no va más. Se aplica la ley de faltas, se levanta campamento y se traslada gente en situación de calle rumbo a Casavalle, convenientemente lejos del circuito turístico, gastronómico y electoral. Todo muy humano, todo muy sensible, todo muy “en coordinación con el Mides”.

El operativo es digno de una superproducción nacional: ómnibus, custodia, camión de residuos, técnicos, policía, Republicana y Bomberos. Falta Netflix y estamos. El mensaje es claro: la calle es un derecho… salvo cuando molesta. Y molesta, sobre todo, cuando los vecinos y comerciantes empiezan a levantar la voz y a amenazar con votar distinto.

Las autoridades explican que no se trata de castigar, sino de asistir. Que nadie se confunda. Esto no es represión, es contención con ruedas. Si alguien se resiste, bueno… la asistencia podrá ser compulsiva, porque así lo habilita la ley de faltas. Una ley que durante años fue poco menos que fascismo encubierto, pero que hoy, curiosamente, se volvió una herramienta solidaria.

El ministro del Interior habló de “hacer visible la preocupación” por la gente en calle. Visible, sobre todo, para quienes ya estaban bastante cansados de verla, porque la empatía tiene un límite geográfico bastante claro: llega hasta donde empieza la vereda del negocio propio.

Desde el Mides, mientras tanto, se reconoce que el problema es complejo, transversal, multicausal y difícil de medir. Que hay violencia, cárcel y/o trayectorias rotas. Todo cierto. También se reconoce que sigue habiendo mucha gente en la calle, lo que no deja de ser un dato llamativo para quienes hace pocos años explicaba que eso, justamente eso, era una opción válida.

Ahora se habla de nuevas herramientas, de refugios con más privacidad, de procesos de egreso, de continuidad. Todo muy serio, muy técnico… y muy parecido a lo que se decía antes… con la salvedad de que ahora el que no acepta la ayuda puede terminar aceptándola igual.

Los vecinos, por su parte, celebran. Entienden que el reclamo “influye en la seguridad pública”. Y seguramente influyó también en la agenda del gobierno, que descubrió de golpe que la calle no es tan romántica cuando empieza a tener costo político.

Así, lo que durante años fue un derecho incuestionable, hoy es una falta. Lo que era diversidad de modos de vida, hoy es campamento a levantar. Y lo que antes era sensibilidad social, hoy es operativo metódico, diario y sin fecha de finalización.

No es que el gobierno haya cambiado de opinión.

Es que hay derechos que duran lo mismo que la paciencia de los votantes. Y cuando un derecho empieza a viajar en ómnibus policial rumbo a Casavalle, conviene preguntarse si alguna vez fue un derecho… o si siempre fue un eslogan mal estacionado.

Hasta la próxima, si es que hay...

@dannyvile

**Publicado originalmente en Conrtaviento.uy, 24/01/2026

Entre lo que se prometió y lo que se recauda



(Como quien recuerda algo que creyó haber entendido)

A veces uno recuerda la campaña como se recuerdan los sueños. No con exactitud, sino con una sensación general. En ese recuerdo, el mensaje era simple y tranquilizador: no iba a haber aumento de impuestos. Ninguno. Cero. Nada. Dicho así, sin vueltas, como si no hiciera falta aclarar nada más.

No sé si lo escuché una sola vez o varias. En el recuerdo estaba el hoy Presidente, hablando con calma, repitiéndolo con convicción, usando ese tono sereno que suele dar confianza. Sonaba firme. Sonaba importante. En ese momento, al menos, sonaba a compromiso.

Después el recuerdo sigue. Pasa la campaña. Pasa la elección. Y en algún punto, sin un corte claro, empieza otra cosa.

Ahora hay más recaudación. No porque se hayan aumentado los impuestos —eso se aclara siempre— sino porque se corrigieron cosas. Parámetros. Variables. Diseños. El IRPF sube a través de la BPC. Fonasa devuelve menos para corregir errores, y lo dice bastante suelto de cuerpo quien diseñó el sistema, o las tarifas no aumentan: se actualizan. No se cobra más: se ordena.

Mientras pasa, todo parece tener lógica. Como suele pasar en los sueños: nada sorprende del todo mientras ocurre.

El resultado, sin embargo, es bastante claro, aunque el camino haya sido otro.

En otro tramo del recuerdo aparece la herencia, esa maldita. Y el contexto internacional o la coyuntura difícil. Todo eso dicho con naturalidad, casi como una explicación obvia, y que nunca le hubiera pasado a otro. Y puede que así sea. Lo raro es que muchas de esas cosas ya estaban ahí cuando se prometió lo contrario con tanta claridad y se hace lo que se juró recontra juró que no se iba a hacer. Pero en el momento, en los sueños eso no hace ruido.

Cuando la contradicción empieza a sentirse, aparece alguien explicando. No para negar lo que se dijo, sino para aclarar que quizás lo entendimos de forma demasiado literal. Es una explicación prolija, bien armada, que llega después y ayuda a que lo que está pasando parezca inevitable.

Después aparecieron las empresas públicas.

No como villanas, más bien como herramientas. No cobran impuestos, cobran tarifas. Que suben, que cambian metodologías, que incorporan factores de ajuste. En el recuerdo todo eso suena técnico, razonable, casi neutro.

A veces se paga más por la DGI.
A veces como impuesto.
A veces como tarifa.
A veces por la factura del servicio.

En el recuerdo, esa diferencia parece importante. Al mirarla con un poco más de distancia, ya despierto, no tanto.

Durante años se había dicho que usar tarifas para recaudar era una mala práctica. Ahora se dice que es una necesidad. Cambian las palabras, no el gesto. Las empresas públicas siguen ahí, disponibles, silenciosas, resolviendo… y recaudando.

La oposición habla de ajuste fiscal. Dice cosas. Tiene argumentos. Pero eso no es lo que más queda dando vueltas.

Lo que me queda es la sensación de que una promesa se fue moviendo sin que nadie dijera claramente que había cambiado. No hubo una rectificación frontal. No hubo una explicación política directa. Hubo explicaciones técnicas, una atrás de la otra, todas razonables, todas posteriores.

En el recuerdo, el Presidente dice que no iba a aumentar impuestos.

Después alguien explica que eso no significaba exactamente eso.

Y uno asiente, como suele pasar en los sueños, incluso cuando algo no termina de cerrar.

Hasta que aparece el objeto. Se materializa, perdiendo esa inmaterialidad tan característica y propia de los sueños.

La factura de la luz, arriba de la mesa.

No habla.
No explica.
No recuerda nada.
Muestra un monto.

Vence el viernes.

Y la billetera está vacía.

Ahí es cuando uno se despierta.

Hasta la próxima, si es que hay…

@dannyvile

**Publicado originalmente en Contraviento.uy, 30/01/2026

PARE, pero no tanto



Un accidente, varias infracciones y una explicación ordenada. Sobre cómo las normas siguen vigentes, siempre que no se tomen demasiado en serio.

Siempre creí que el cartel de PARE era de las pocas cosas claras que nos quedaban.

No opina. No interpreta. No contextualiza.

Está ahí, rojo, visible, y dice PARE.

Uno frena y listo.

O al menos eso pensaba.

Hasta ahora.

Un ministro tuvo un accidente de tránsito. Atropelló a un motociclista en una esquina con cartel de PARE. Después explicó que el PARE no lo ignoró del todo. Que había bajado la velocidad. No llegó a parar, pero aflojó. Un poco. Cuánto, no se sabe. El video no ayuda demasiado, salvo para confirmar que el auto siguió avanzando con bastante convicción. Pero bueno, la intención estaba.

El ministro, además, tenía la libreta vencida. Un detalle. De esos que pasan. A cualquiera se le puede vencer la libreta si anda en cosas importantes. Gobernar, por ejemplo. O asegurarse de que los demás cumplan las normas.

El motociclista venía rápido. Esto se aclaró enseguida, como corresponde. Y no tenía libreta. Mejor todavía. Porque así la cosa queda más pareja. Nadie quiere un atropellado demasiado prolijo. Complica el relato.

La investigación la hace Fiscalía. Tranquiliza. Más si uno recuerda que el ministro es exfiscal. Conoce el rigor del oficio, la importancia de la objetividad, esas cosas. Conoce también el edificio, los pasillos y, probablemente, a varios de los que trabajan ahí. Pero eso no tiene nada que ver.

De todo esto se desprenden algunas conclusiones útiles. El PARE es obligatorio, pero no tanto como parecía. Pasarlo puede ser una infracción, salvo que uno haya tenido ganas de respetarlo. Tener la libreta vencida está mal, aunque no igual de mal para todo el mundo. Y ser atropellado sin libreta te convierte, además de en víctima, en un elemento funcional.

Al final, el sistema funciona. Todos incumplieron algo, nadie queda completamente mal parado y eso deja una sensación razonable de equilibrio. Fiscalía investigará, el ministro colaborará y el motociclista ya quedó suficientemente observado como para que no falte balance.

El cartel de PARE sigue en su lugar.

No habló, no explicó nada y no tuvo oportunidad de aclarar que decía exactamente lo que decía.

No interpretó contextos ni entendió jerarquías.

Capaz que ese fue el problema.

Hasta la próxima, si es que hay…

@dannyvile

** Publicado originalmente en Contraviento.uy, 27/01/2026

Verano caliente en el Palacio



Si bien blancos y colorados dicen que no hay una voluntad tácita de convocar ministros y que todo responde a “la coyuntura”, hay tufillo a coordinación previa. Sin pruebas, pero sin dudas.

Enero suele ser un mes bastante frío para las instituciones. Al menos eso dicen los manuales no escritos de la política uruguaya, esos que se invocan cuando conviene y se olvidan cuando estorban. Alguien, evidentemente, se olvidó de avisarle al gobierno. Mientras el Ejecutivo parecía dispuesto a atravesar el verano con el Parlamento en piloto automático y aire acondicionado, la oposición decidió que enero era un mes ideal para hacer ejercicio. No aeróbico. Ejercicio de citaciones.

Así, la Comisión Permanente dejó de ser ese limbo administrativo que existe sólo para cumplir con la Constitución y se transformó, casi sin anestesia, en una pasarela ministerial. No hay pool ni refresco, pero hay ministros explicando cosas que, claramente, hubieran preferido explicar cuando la memoria colectiva estuviera un poco más distraída.

Blancos y colorados juran que no hay estrategia, que nadie coordinó nada y que todo es producto de la “coyuntura”. Una coyuntura, dicho sea de paso, bastante prolija: con agenda, con orden del día y con una sincronización que haría sospechar hasta al más ingenuo. Pero no es coordinación, aclaran con énfasis. Es coincidencia política espontánea. Como cuando todos llegan tarde juntos, pero por razones estrictamente personales y absolutamente inevitables.

Un senador colorado, sin mayor esfuerzo por disimular el entusiasmo, celebró que la coalición “está actuando como coalición”. Al parecer, enero logró lo que meses de convivencia política no habían conseguido: unir a la oposición con convicción y buen ánimo, mientras del otro lado se acumulan gestos de fastidio, comunicados incómodos y llamados a la moderación institucional… siempre dirigidos al otro.

Los ministros, meanwhile, desfilan. Ambiente, Economía, Salud Pública, Ganadería, Educación… y los que sigan. El mensaje es bastante simple: si el gobierno insiste en que todo está bajo control, va a tener que demostrarlo. Varias veces. En público. Y con micrófono prendido. Y si no hay votos para una comparecencia amable, siempre queda la interpelación, que es el equivalente parlamentario a decir: “dejémonos de eufemismos”.

El Ejecutivo reaccionó como suele hacerlo cuando lo sacan de la zona de confort: habló de excesos, de aprovechamiento político y de que existen “otras instancias” para dialogar. Instancias vaporosas, etéreas, que nunca aparecen cuando hay preguntas concretas sobre la mesa. Porque el diálogo, en versión oficial, parece funcionar mucho mejor cuando no incomoda, no exige y no queda registrado en actas.

Desde el oficialismo hubo enojo. Se habló incluso de falta de gentileza parlamentaria, como si el control político fuera una descortesía y no una obligación constitucional. Como si la democracia fuera una reunión social donde lo importante es no incomodar al anfitrión, aunque la casa se esté lloviendo. La oposición, en cambio, fue bastante más clara: si no hay voluntad de conversar, habrá voluntad de interpelar. Y punto.

Mientras tanto, el gobierno acumula frentes abiertos: agua, educación, política exterior, Mercosur, China, Venezuela, visas, cajas, tarifas. Todo explicado con tono calmo, técnico y responsable, pero cada vez con mayor frecuencia. Como si gobernar se hubiera transformado en una larga conferencia de prensa donde el objetivo no es resolver los problemas, sino justificar por qué todavía no se resolvieron.

Al final, tal vez el problema no sea que la oposición haya decidido calentar el verano, sino que el gobierno se haya acostumbrado tanto a gobernar sin preguntas que ahora confunde el control parlamentario con mala educación. O, peor aún, que haya internalizado la peligrosa idea de que rendir cuentas es una molestia circunstancial y no una obligación permanente.

Y cuando un Ejecutivo se irrita más por tener que explicar que por aquello que tiene que explicar, el problema no es la temperatura. Es la concepción del poder.

Por suerte, siempre queda la opción de culpar al clima.

Hasta la próxima si es que hay...

@dannyvile


El gobierno “acomodó” el IRPF y pidió tranquilidad (sobre todo ajena)

 El gobierno anunció cambios en las franjas del IRPF y el IASS y, fiel a su estilo, aclaró que no se trata de un ajuste. Es una corrección técnica, una actualización necesaria, algo que corresponde. En otras palabras: no te sacan plata, te la reubican. Lástima que siempre sea lejos de vos.

La explicación oficial llegó envuelta en números, gráficos y un tono calmo, de esos que solo puede sostener alguien que no vive pendiente del recibo de sueldo. Según el Ejecutivo, el impacto es mínimo. Tan mínimo que solo se nota cuando cobrás. Un detalle menor, aparentemente.

La oposición habló de mazazo y exageró, como suele hacer. Pero esta vez el gobierno no ayudó mucho a desmentirla. Porque cuando te dicen que el esfuerzo es chico, uno ya aprendió que el esfuerzo nunca es compartido: se distribuye de arriba hacia abajo, con una prolijidad admirable.

Lo más interesante es la constancia del discurso oficial. Siempre es inevitable, siempre es responsable y siempre llega en el momento justo: cuando la gente ya viene afinando la calculadora y estirando el sueldo como si fuera masa de pizza. Pero no hay que preocuparse, aclaran, porque esto no afecta la vida cotidiana. Una afirmación valiente, hecha desde escritorios donde la vida cotidiana queda bastante lejos.

Desde el gobierno insisten en que no hay motivo para alarmarse. Que el impacto es acotado. Que hay que mirar el contexto. Y que, en definitiva, todo esto se hace para cuidar al país. Lo cual está muy bien. El problema es que, cada vez que hay que cuidarlo, el país se cuida usando siempre los mismos bolsillos.

Así, el uruguayo promedio escucha, suspira, hace un comentario ácido y sigue. Porque ya sabe que protestar mucho no cambia nada, y porque también sabe que el gobierno siempre encuentra una forma elegante de explicarte por qué ahora tenés menos… y por qué deberías agradecer que sea por una buena causa.

Al final, la verdadera actualización no fue la del IRPF, sino la de una vieja costumbre: cuando hay que ajustar, se ajusta abajo; cuando hay que explicar, se explica arriba; y cuando algo no cierra, siempre es el ciudadano el que tiene que entender.

Hasta la próxima, si es que hay...

@dannyvile


miércoles, 7 de septiembre de 2022

La eutanasia y el derecho supremo a la vida, ¿otra falacia argumental?

 La eutanasia y el derecho supremo a la vida, ¿otra falacia argumental?

Los puntos sobre las íes…

 

Había un país, hace mucho tiempo, en que en los debates se escuchaban argumentos coherentes…

 

Hola gente, hace más de un año que no publico, pero he asistido en el último tiempo a un debate con relación a la eutanasia que me merece algunos divagues y divagaciones. No es objeto este artículo tomar partido por una u otra posición (aunque sí la tengo y la he expresado más de una vez en la jungla de tuiter).

Entre los contrarios a la aprobación de la norma he encontrado argumentos con falsas oposiciones (cuidados paliativos vs. eutanasia). No es a estos que me referiré en este momento.

También he encontrado argumentos incoherentes.

Estos son los que me interesan en este momento.

He escuchado a varios que califican estos argumentos como hipócritas. Yo no llego a tanto. La hipocresía implica una intención de engañar, y no es mi intención atribuir intenciones. He ahí la elección del término “incoherente”.

Entremos en tema.

El leit motiv de muchos de los que se oponen a la sanción de la ley de eutanasia parte de la premisa de que la vida es “el bien superior” o “un derecho supremo” o distintas variaciones de lo mismo.

Son libres de tener tal creencia. Lo son. Pero no lo son de creer en ello en algunas circunstancias y no en otras, salvo que la coherencia no les interese. En definitiva, o es el derecho supremo o no lo es, pero no podemos jugar a la mosqueta con esto.

         He notado asimismo que muchos de quienes tienen esta posición, son los mismos que estaban contra la posibilidad del aborto o a favor de la LUC (y esto lo afirmo por olfato y sin tener ningún dato... como suelo leer por ahí, no tengo datos pero tampoco dudas, je)

         Y esto viene al caso porque parece que el bien supremo no lo es tanto en algunas circunstancias.

         Ninguno de éstos, o al menos yo no los he oído o leído, han propuesto eliminar de nuestro ordenamiento penal a la legítima defensa, o al menos la posibilidad de dar muerte en uso de la misma a un agresor. Por medio de este instituto se exime de responsabilidad a quien – con determinados requisitos – da muerte a un tercero en defensa de sus derechos. No en defensa de su derecho a la vida, sino en defensa de sus derechos en general. Traduciendo esto al español, puedo estar exento de responsabilidad si mato a alguien en defensa de mi propiedad… pero… ¿No era que la vida era el derecho supremo? ¿Cómo se explica que pueda tomar la vida de otro en defensa de - por ejemplo - mi propiedad, que para ellos es un derecho de menor rango? E incluso con la LUC se amplió el alcance de este eximente de responsabilidad. Ya no se aplica solo para intrusiones o agresiones dentro de la vivienda sino incluso para construcciones separadas de la misma. Volviendo al principio de este párrafo, no he escuchado a estos contrarios a la eutanasia oponerse ni a la legítima defensa ni a la ampliación de su alcance hecho por la LUC. Por el contrario, he escuchado a varios haber defendido el instituto de la legítima defensa y a la LUC en su totalidad.

         Situación parecida se da con el aborto, y aclaro que no voy a entrar en el tema de “aborto sí, aborto no”. Como ya dije, cada uno es libre de tener sus convicciones. Pero esto no obsta que marque nuevamente otra incoherencia.

         Sostenían los que no estaban a favor del aborto que el nonato ya es portador de vida y por tanto no hay justificativo alguno para quitársela. Pero a esos mismos nunca los vi pidiendo modificar el Código Penal. Y esto viene a cuento por lo regulado en el artículo 328 de dicho cuerpo normativo (cuya redacción es de 1938, y antes de eso no era delito en ninguna circunstancia). Dicho artículo regula las atenuantes y las eximentes para el delito de aborto. Es decir, en nuestro país ya había abortos en los que no había pena para quien lo practicara. Nuevamente, y traducido al español, en nuestro país ya había abortos en el que no se castiga al abortero por causas tales como el honor, la violación, cuestiones de salud o por meras razones económicas. Repitiendo una de las preguntas realizadas más arriba, ¿cómo se explica que pueda tomar la vida de otro (para quienes sostienen que hay vida desde la concepción) en defensa del honor de una mujer, o por algo tan banal como no tener dinero, siendo que para ellos la vida es el derecho supremo?

Ya finalizando, el tema da para mucho. Pero para lo que no da es para usar argumentos incoherentes, que por falta de racionalidad terminan siendo argumentos meramente sensibleros.

Digno de estudio, y quedará como tantas cosas para otra vez, es el averiguar la causa por la cual parece más aceptable decidir sobre la vida y muerte de un tercero que sobre la propia. Como dijo alguna vez Antonio Escohotado, de la piel para adentro mando yo…

Y tal vez, tan solo tal vez, alguna vez hablaré de los que están en contra de la eutanasia o el aborto pero a favor de la pena de muerte… en fin…

Hasta la próxima, si es que hay…


@dannyvile

viernes, 9 de julio de 2021

Firmá para que el pueblo decida, una falacia argumental.

 

Firmá para que el pueblo decida, una falacia argumental.

Los puntos sobre las íes…

 

 Luego de unas vacaciones de cinco años, heme aquí de vuelta… y con ganas de pelear.

Entrando en tema y ya finalizado el plazo y con las firmas entregadas en la Corte Electoral para que nadie me acuse de intentar interferir con el proceso (como si yo tuviese posibilidad de hacerlo, je), quiero compartirles estas líneas. Poco importa se estoy a favor derogar totalmente la LUC, de derogar ciento treinta y cinco artículo o apenas unos pocos de ellos, o si estoy a favor de la misma.

He escuchado, y descuento que Uds. también a más de un promotor del referéndum contra la LUC intentar conseguir firmas con el argumento del título: no importa que estés a favor o no, firmá para que el pueblo decida.

Pues bien, tal razonamiento es una falacia. Al menos lo es cuando se recorre el camino de recoger firmas de al menos el 25% de los inscriptos habilitados para votar (el llamado “camino largo”).

Con la presentación de firmas que lleguen al 25% de los habilitados para votar la Corte nos convoca a todos para que por medio de la urna manifestemos si estamos de acuerdo en derogar el texto recurrido. Esto es el llamado “camino largo”.

Quien elige el camino largo, va en busca de las firmas de al menos el 25% del padrón electoral. De alcanzarse ese número mágico se habilita el referéndum y un tiempo después todos somos obligados a votar para manifestarnos a favor o en contra de la ley - o parte de la ley - que se cuestiona, es decir y recién en esta instancia, nos convocan a votar para que el pueblo decida.

Elegido el camino largo, para lo cual se da un tiempo de un año a contar desde que se promulga la ley, los promotores de un referéndum cuentan con todo ese plazo para hacer conocer sus argumentos, para publicitarlos e incluso para plantear debates y por supuesto para juntar las firmas. Cierto es también que pueden no tener con quien debatir, pero esto es parte del juego político… ¿o nos vamos a asombrar ahora que alguien no quiera debatir porque se siente seguro ganador, o mal debatiente?

La carga de juntar las voluntades para que el recurso se someta a votación es de quien lo promueve. Quien está a favor de una ley, o la misma le resulta ajena, no tiene la obligación de hacer nada. Su “decisión” es justamente no firmar. Si no se llega a las firmas es que "el pueblo" decidió que no le interesa derogar nada, y esos "decisores" son al menos el 75% de los habilitados para votar. No son moco de pavo. A ver si soy claro, si alguien no está a favor de que se convoque a un referéndum, no firma, y esa ya es “su decisión”. Si alguien no está a favor (y esto se exterioriza con la “no firma”), es un sinsentido que luego, y de no haberse llegado a las firmas requeridas, tenga que volver a manifestarlo en una urna.

Y lo anterior es así salvo que los promotores de un referéndum crean que el pueblo es idiota y que es necesario insistir e insistir para que finalmente se iluminen.

Como dije al comienzo de algún párrafo anterior, quien promueve un referéndum por el camino largo tiene la carga de conseguir las firmas de quienes están de acuerdo en habilitarlo y son contrarios a la ley a derogar. Si ni siquiera llegan al 25% del padrón electoral entre los que están de acuerdo con ellos, se termina la historia. No corresponde que pidan “firmas prestadas” para llegar a ese porcentaje.

Salvo, nuevamente, que el fin de llegar a las firmas requeridas no sea únicamente el votar dentro de los 150 días posteriores. Y esto no debe parecer extraño o ajeno. Una de las razones de elegir el camino largo es tener a la población movilizada por muchos meses. Y si a esto le agregamos el tiempo hasta la efectiva votación estamos ante una golosina nada despreciable.

Con la presentación de firmas que sean más del 2% de los habilitados para votar la Corte nos convoca a todos para que por medio de la urna manifestemos si estamos de acuerdo en que haya referéndum o no. Alcanzado el 25% del padrón electoral en esta instancia, se aprueba la convocatoria a un referéndum donde finalmente se resuelve si se deroga o no se deroga el texto recurrido. Esto es el llamado “camino corto”.

Por último, y cerrando el tema, el razonamiento anterior no corresponde para el caso de optarse por el camino corto. En este caso las firmas habilitan a que nos convoquen a decidir si queremos referéndum o no, o lo que es lo mismo, a que el pueblo decida si quiere decidir.

Hasta la próxima, si es que hay… BTW, la última vez que dije esto demoré 5 años en volver…

@dannyvile